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| EN PLURAL Revivamos a Peña Gómez Yvelisse Prats Ramírez De Pérez | |
| Cada 10 de mayo, durante 15 años, me pregunto temprano en la mañana si Peña Gómez sigue vivo. Porque dijimos entre sollozos en su entierro que lo mantendríamos con vida, sustentando nuestra ideología, por siempre. Después, durante mucho tiempo, las bases perredeístas, esas a las que Peña Gómez confió la soberanía del partido, vocearon al final de cada reunión de sus organismos. ¡Peña vive! En el corazón y en la voluntad de algunos dirigentes, Peña siguió vigente, vivo en sus ideas, su ejemplo, sus consejos. En mi caso, asumí como misión solemne difundir su doctrina, el Socialismo Democrático y su Tesis del Gobierno Compartido. Entre incomprensivos, escasez de recursos y vejez, la cumplo todavía. Todos hicimos esa promesa de mantenerlo entre nosotros, impidiendo que el olvido y la tierra lo tragaran, para hacer realidad en Peña Gómez los versos del poeta Cabral: “Hay muertos que van subiendo/mientras mas su ataúd baja”. El compromiso no se fundamenta en creencias de apariciones fantasmagóricas a través de algún médium o en relatar sueños más o menos convenientes. Mantener vivo a un gran hombre, o a una gran mujer significa preservarlo/a en lo que es su esencia, su “ethos”, el espíritu de fuerza y de resolución que guiara sus pasos en la tierra. Sobre todo, si esa fuerza no pudo llegar a la meta, insuflarla con nuevos impulsos, para que la obra inconclusa, la utopía de quien partió, en carne en concreciones tangibles, en humanistas, humanos monumentos. Así viven, más allá de la muerte, los Ungidos. ¿Lo hicimos así con Peña Gómez? Hace tiempo que empecé a dudarlo. Lo dijimos, lo prometimos, lo proclaman las bases, lo enuncian como mantra para conjurar el oscuro peligro de orfandad y aún lo dirían y en ellas sería cierto, si se reunieran los organismos, desintegrados por la crisis. Aunque las palabras han sido durante siglos la cuna de las epopeyas en el caso de la exclamación que parecía desafiar a la muerte, ¡Peña vive! el verbo no parió la gesta heroica. Los 10 de mayo se achican en ritual ceremonia pasadista. Una misa. Unas flores. La evocación ligera, porque en la desunión no se puede ahondar en el recuerdo de quien exigía la unidad del PRD como requisito y condición para la existencia misma del partido. Incluso los homenajes se contaminan de contradicciones y de olvido, porque los hacemos por separado cada quien y cada cual con su gente ¡como si pudieran haber dos PRD honrando a un mismo Peña Gómez, como si enseñarnos los dientes entre nosotros y sonreír al adversario fuera una forma lícita de recordar al líder que explicó contundentemente cómo hacer oposición y cómo mantenernos los perredeístas; como una piña, unidos! Por tradición, soy miembra de una comisión que se preocupa durante todo el año de presentar propuestas para conmemorar las efemérides del PRD. Este año, convocada por ese perredeista ejemplar que es Darío de Jesús, me reuní, propuse, me dejé llevar por el entusiasmo de compañeros/as que propusieron formas originales de honrar a Peña en el vigésimo quinto aniversario de su muerte. Un manojo de pensamientos escritos en palabras rotundas, advertidoras, sustanciosas, fue espigado para publicarse, espero que esté pronto al alcance de los que quieran aprender, en muchos casos arrepentirse al leerlos. Lo que se hizo ayer, con toda la buena voluntad, con amor, por supuesto, no le da a la promesa de mantener vivo a Peña ni carne, ni sangre, ni músculos. Es de nuevo el rito para cumplir obligaciones de calendario; no es soplo redentor, de energía y valor, de asunción de responsabilidades, de reconocimiento de errores, retomando el camino que necesitamos para desperezar la memoria de Peña Gómez, reviviendo no su cuerpo mortal, nunca como cristianos pretendemos eso, sino su ideario, su ejemplo, su doctrina. No me canso en la lucha, pero en el análisis soy cada vez más objetiva. En este 10 de mayo, mientras me repito la pregunta: ¿está Peña Gómez vivo? Reclamo con la exigencia y la urgencia que demanda este tiempo, que digamos y hagamos cosas que puedan, como oxígeno puro, revivir al titán. No en su cuerpo, trasformado en el polvo que Eclesiastés describe, pero sí su ideario. Las flores se marchitan, y las misas concluyen despidiendo a los fieles en paz. Debe permanecer, como aroma tozudo de incienso, la voluntad de mantener vivo a Peña Gómez enseñando a los jóvenes, reprendiendo a los viejos de espíritu, señalando los yerros; creyendo y construyendo el mejor futuro. Revivámoslo, perredeístas. Digan alto, las bases sobre todo, que es tiempo, todavía. | |