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Este Blog es órgano de información del Foro Renovador del PRD, corriente de Centro Izquierda, Socialista y Democrática, interno al PRD.

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El horror nos advierte

El horror nos advierte
  Yvelisse Prats Ramírez De Pérez 
yvepra@hotmail.com
“Conozco la aflicción
Que estas palabras ponen 
en el ánimo
Yo que lo sé,
Sé también que hay que 
humillarse
Más allá del ruego, del horror
Hacia la sangre 
hasta dejarla limpia,
Hasta poder de nuevo
Mirarle el rostro a la inocencia”.
(Pablo Armando Fernández)
A ciegas, consternada, dentro de la terrible atmósfera que ha creado la noticia, estoy buscando asirme, “mas allá del ruego y del horror” a la vida.

Cuando leí en el periódico la información devastadora, me sentí violada yo también como la pobre víctima, y en cierto modo tan confusa por dentro, despojada de humanidad y de espíritu, como actuaron los jóvenes de la Escuela Juana Saltitopa, muy jóvenes que acorralaron a la otra joven enferma y desvalida para montar, riendo y palmateando, el espanto de una diversión demoniaca.

Torturar. Martirizar. Golpear. Abusar. Maltratar. Vejar. Violar. Humillar. Despreciar. Odiar. Destruir. Destruirse. Deshumanizar. Deshumanizarse. Tantos verbos se agolparon, reflexivos, transitivos; un solo sustantivo los resume, enseñorea el escenario de mi cuita: HORROR.

Ante la vesania instalada en el patio de esa escuela, perdieron para mi color y relevancia los acontecimientos que usualmente me mantienen en vilo.

Como una herida honda, corta, penetra en mi cerebro para quedarse, repitiendo sus señas espantables ante la incredulidad que invoco para no derrumbarme, para seguir respirando el aire impuro.

¿Dos adolescentes de menos de 15 años se despojan de su humano talante para actuar como pequeños monstruos, superando cualquier película de terror made in USA?

¿Cómo dos mujercitas en agraz se desprenden de la proverbial ternura femenina, de ese instinto estupendo que nos hace diferentes, aunque iguales de los varones, torturando sádicamente a una infeliz demente inofensiva, indefensa?

¿Cómo se convocan alrededor de la dantesca escena, niños y niñas ¡hasta de 9 años! Para compartir, aplaudir y perpetuar la infamia, grabándolas con sus teléfonos móviles, en vez de estar cantando a coro canciones infantiles, o pateando la pelota en un juego deportivo?

¿Quién me explica, llamo a psicólogos, sociólogos, pedagogos, pediatras sabelotodos, a interpretarlo, la causa y los efectos de este auditorio infantil y adolescente constituyendo el circo sórdido, alentando, riendo, participando como si estuvieran en una fiesta buena, en este acto, este desgarramiento de un órgano que rompía, quizás para siempre, sus propias existencias, puesto que los muestra sin sentimientos, ni respetos humanos ni divinos?

Escribo estas preguntas como una especie de ensalmo para expulsar parte del dolor, compartiéndolo, para despertar de la alucinante pesadilla.

Pero sigo mirando, con terror, asombrada, ese patio escolar donde a lo mejor hay árboles con sombras tranquilas, quizás hasta un perro callejero entra y les mueve su rabo amistoso a esos niños que dejaron de serlo para participar en la ignominia.

Pienso en Dios, en la gente, en mi país.

¿Qué hemos hecho, Señor, con estos niños a los que te dirigías con dulzura? ¿En qué rito de abandono y egoísmo denegamos su inocencia, le cerramos las puertas de ese cielo tranquilo y amoroso que tú querías para ellos y les abrimos puertas a este sórdido infierno de insanias que germinan en el cruce de genes malos y de miserias múltiples?

Puedo entender, porque he vivido muchos años, y he clamado ante tantas injusticias, la delincuencia callejera, que me asusta, pero no me sorprende en este país de desigualdades infinitas. Se roba, se mata, para obtener algo, un reloj, un celular, una cadena, un anillo, o el pago del sicariato que prospera en tanto que el valor de la vida se devalúa a precio de mercado.

Da miedo y pena, rabia también, convivir con la violencia que se cruza desde arriba y desde abajo. Pero he sobrevivido.

Pero no sé, aunque sé tantas cosas, si puedo seguir viviendo después de esta violación que se concibió y se ejecutó en el recreo de una escuela pública, entiéndase del pueblo, entiéndase que debió ser atendida, mimada, vigilada por lo menos por el MINERD y por las familias. 

Me detengo. Mis lecturas y experiencias aconsejan que no me altere tanto. Lo que pasó, lo que pasaba y aún lo que pueda pasar en una escuela o en varias, es un signo de los tiempos.

Quisiera verlo así. Pero no lo aceptaré como testimonio irremediable del fracaso. De ustedes, de nosotros.

Me animaré a sumirlo como señal de alerta máxima, como llamado a encontrar entre la rabia y el sollozo, nuestra conciencia. Como padres, como religiosos, como maestros, como autoridades, como ciudadanos.

Para que la voluntad y la fuerza de los que aún creemos que Dios existe y que el amor exige, obremos el milagro de cambiar tantas cosas y “mirarle el rostro a la inocencia”. 

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