Este Blog es órgano de información del Foro Renovador del PRD, corriente de Centro Izquierda, Socialista y Democrática, interno al PRD.
| Los poetas no siempre hablan con la razón. Aunque como decía Juan Bosch, su misión es la de ser profetas, en el clima estético que habitan los hace a veces subsumirse en una subjetividad no racional y auguran mas sus deseos y sus particulares visiones, que lo que puede suceder en realidad. | |
| Puntos de vista 21 Abril 2012 Yvelisse Prats Ramírez De Pérez yvepra@hotmail.com Los poetas no siempre hablan con la razón. Aunque como decía Juan Bosch, su misión es la de ser profetas, en el clima estético que habitan los hace a veces subsumirse en una subjetividad no racional y auguran mas sus deseos y sus particulares visiones, que lo que puede suceder en realidad. Pedro Mir sí acierta, en la luminosa totalidad de su poesía, a conjugar fielmente los verbos del tiempo dominicano. Leyendo, sintiéndolo absorbiéndolo como el agua viva que nos evangeliza y a la vez nos tensa en el combate, nos convertimos en aprendices gozosos, en aspirantes a obreros en la fábrica de una nueva sociedad. Nos muestra nuestra historia, “un borbotón de sangre herida/ en el efectivo producto de amargura”. El relato se enrosca hacia atrás y “conmoviendo la última raíz”, “sacando los muertos de la tumba”; se yergue en el presente, revelando los actuales “misterios dolorosos” “las ciudades con jueces silenciosos”, donde no hay “paz entre las pestañas” porque “los campesinos no tienen tierra”; “un país “realmente triste y oprimido” “sencillamente tórrido y pateado”. Pero también, gracias a Dios, el poeta mira hacia el futuro, “colocándonos en el mismo trayecto de la guerra” primero, para encontrar por fin “un nido de constructiva paz”. En estos días pérfidos de traiciones adentro que laceran e indignan mi perredeismo sin asueto con acusaciones infames y absurdas que hieden a las monedas que Judas recibió hace 2012 años, me aferro a Pedro Mir, a su poesía, al recuerdo clarísimo que tengo de su bondad cuando en las tertulias de mi casa paterna estimulaba a la flacucha niñita que yo era a seguir escribiendo los versos que luego se transmutaron en la prosa de la política y el magisterio. Lo evoco, lo releo. Me siento acompañada, empiezo a comprender. Como en Eclesiastés, surge de las palabras una visión de la historia, antes Santana y Bobadilla; ahora estos “caballos de Troya” que no caben en el heroico y noble vientre del Partido Revolucionario Dominicano. Ante tanto ignominia, el poeta-profeta me alerta: “busquemos los culpables/ entonces caiga el peso infinito del pueblo/ sobre los hombros de los culpables”. Mi ira se expande más allá de la amada frontera de la patria chica que es mi partido, abarca el territorio de todos/as de los/as dominicanos/as; me estremece mi miedo de madre y abuela ante las calles acechantes y rabio por el hurto permitido, por la soberbia que desprecia a los prójimos que no están cerca del Palacio. Antes que yo, el poeta lo define con versos lapidarios: este país “que no merece el nombre de país/ sino de tumba, féretro, hueco o sepultura”. Pero don Pedro no me deja en ese hoyo profundo, me incita a pasar estas páginas feas, deja atrás el afán de “ver, hablar las experiencias” de este país “oriundo de la noche”, y exclama que “hay que ordenar/ un toque de esperanza/ al primer corneta/ y al último redoblante del batallón de la mañana”. Entonces ¡Oh Dios! Vislumbro “El país en el mundo” que Pedro Mir soñaba, mientras sufría por él, como una madre imagina el buen futuro de su criatura, mientras experimenta todavía los dolores del parto. Ese país nos ayuda a construirlo el poeta, lo vivimos en sus versos y en su recuerdo que es, debería ser un paradigma severo para los que aun pretenden defender la literatura sin compromiso; porque él, poeta-profeta, poeta ciudadano, poeta militante, se comprometió muy temprano con su pueblo, hermanando su vida con su obra, escribiendo sus versos, como quería Martí, con sangre de las venas y del alma. Escogí adrede glosar hoy sus versos, para no desbarrar En Plural demasiado, concitando sobre mí las furias vengadoras de los que odian la poesía y también la ética. Quiero confiar en mí, en ese NOSOTROS que han reducido y pervertido los que lo han hecho sinónimo de la estrecha cueva donde solo caben algunos inescrupulosos iniciados. Comienzo a ver un país mejor que, en el “el amor alcanza su floreciente edad”. Ese país purificado porque “se han dicho ya los apellidos/ de los ladrones y las cavernas” se aleja de los galeones del pasado opresivo, desvía la mirada del antimodelo del Nueva York chiquito y se empina en el pujo de una República Dominicana grande para alcanzar “un triunfo de esmeralda/ un triunfo de sudores/ un triunfo de trabajo”, ese que nos promete Pedro Mir. Y aunque parezca absurdo soñar en estos días de ópera bufa electoral, confío en el poeta, él me repite: “algún amor creerá”. http://www.listindiario.com | |