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El pasado 24 de Julio del año en curso, el Dr. Leonel Fernandez se dirigió al país desde un hemiciclo asistido por los principales actores que forman parte del Comité Ejecutivo de la organización política que dirige, así como de destacados integrantes de las fuerzas aliadas de la apuntada organización política. Al hacerlo, el pueblo, virtualmente posicionado como el factor común de los intereses electorales, esperaba que el orador emitiera su alocusión en calidad de presidente del PLD y no como el rector del estado dominicano. Sus palabras, quizás comunes y reiterativas en otros discursos, se orientaron sin embargo desde ambas perspectivas.
La pieza oratoria, centro de encomio por los que se hacen beneficiarios de su gestión gubernativa, pero foco de repudio no solo por la oposición, sino también por el pueblo que desconoce sus palabras, no debe ya analizarce de manera pueril por aquellos que tal vez poseidos por los arrebatos de las pasiones políticas arguyen alguna opinión, sino que se debe ser imparcial para hacer una justa valoración de la realidad dominicana frente a un argumento discursivo al cual se aferra quien ha gobernado el país por dos periodos consecutivos.
Para hacer lo antes dicho, es preciso identificar los elementos positivos que adornan su discurso, pero también reconocer sin ánimos de impiedad los aspectos negativos, que obedecen, a nuestro modo de ver, a cuestiones de fondo y no de forma. La alocución de Fernandez es, desde el punto de vista estrictamente artístico y literario, digno de loa, con incisos bien creados, apartes sutiles y metaforicos, y declaraciones cautelosas propias de un estadista fino, y empoderado de la prudencia suceptible de ser formada por la instrucción carente de sentimientos humanos. El discurso, por provenir de un artífice en el uso de la palabra, se constituye desde el punto de vista literario en una verdadera apología que gravita en el orbe superficial de la ilusión, aclamando las cosas que deberían de ser, pero que no son, que envuelve a sus receptores en el éxtasis de la belleza intelectual, pero que luego despiertan éstos frente a la cruda y penosa realidad que enfrenta la sociedad dominicana.
Por otro lado, en los fondos sociales de la población dominicana existen otras realidades que nos forzan a despertar del sueño morfeneano, que se han venido reflejando en pequeñas manifestaciones de carácter político social. Una de ellas, por ejemplo, es la exajerada inversión en obras triviales, al modo de ver de muchos sectores, contrapuesta a la poca y risible inversión en áreas de aspecto fundamental. Para comprobar esto último, basta tan solo citar el último boletin emitido por la casa Juan Montalvo, prestigiosa institución de la sociedad civil, donde revela que del 100% de la deuda externa que contrae el país, el 48.6% de ella ha sido contraída para dedicarla a las grandes infraestructuras, cuyo monto lo abarca casi exclusivamente la primera línea del Metro de Santo Domingo, obra costosa, pero deficitaria no solo por la diezmada cantidad de sus ingresos diarios, sino también por la inversión exagerada de energía para garantizar su mantenimiento.
A esta monstruosa inversión, se contrapone las exigencias que ha venido demandando la Socidad Civil por más de 7 meses, y es la inversión del 4% del PIB al sector educativo. Quien ésto escribe no quisiera hacer uso del recurso comparativo para ubicar a la República Dominicana, en cuanto a la inversión en educación se refiere, con respecto a otros países cercanos a la región, puesto a que si así lo hiciera, sería para mí mismo vil y vergonzoso reproducir las abismales diferencias. Pero basta con saber, que esta demanda, justa y digna de ser tomada en consideración, no halló mas que una cínica justificación en el ultimo discurso del mandatario, al referir que, debido a la supuesta crisis heredada hace ya más de 7 años, no se ha podido invertir el monto que requiere ese importante sector del estado.
Una de las primeras informaciones que el presidente Fernandez ofreció al país al inicio de la apología a sus actos, fue que el Fondo Monetario Internacional elogió el moderado manejo de los recursos fiscales del país. Sin embargo a nosotros, que como pueblo somos víctimas de la realidad dominicana, nos hiere como lo hace un amor truncado el encarecimiento descontrolado de la canasta familiar, la desmesurada alza de los precios de los hidrocarburos, la delincuencia a la cual se inclinan nuestros jóvenes como forma de escapar de su estado de hacinamiento, la indigencia rampante en la que se hallan un amplio sector de la clase menos favorable, y la descarada corrupción institucional, males que ya aparentan salir de las manos del actual gobierno.
El Cardenal Lopez Rodríguez, al referirse al discurso del primer mandatario argumentó que este habló como presidente del PLD, y que Fernández hace, en el actual contexto histórico, lo que puede de acuerdo a sus posibilidades. Nosotros, por nuestra parte, compartimos esa idea, y por ello creemos que lo que puede hacer el PLD no es suficiente para sufragar los tantos males que aquejan al país puesto que así lo ha demostrado a lo largo de casi 8 años de gobierno, manejando con frialdad y prudencia sus mortales desaciertos, justificando la corrupción que irrumpe el plantel administrativo, y culpando vilmente a un gobierno que hace ya más de 7 años concluyó y que enfrentó el colapso de los bancos fundamentales del país, y que hizo, además, pública una deuda del sector exclusivamente privado.
El autor de este artículo, modestamente entiende que el discurso de Fernández es, como lo son la gran mayoría de sus intervensiones ante la asamblea del pueblo, una brillante pieza oratoria, impresionante si tomamos en cuenta lo puramente intelectual, pero fantacioso, desconectado en su totalidad de la realidad dominicana, y justificador de acciones absurdas que muy en el fondo no tienen justificación más que la adjudicación de su propia culpa.
Juan A. Liranzo
Sub-director de educación del Foro Renovador.