Este Blog es órgano de información del Foro Renovador del PRD, corriente de Centro Izquierda, Socialista y Democrática, interno al PRD.
| –2 de 3– Fue un libro leído en 1972 el que despertó mi criticidad frente a los exámenes. Antes, mientras fui una estudiante, me los habían aplicado ferozmente, y como lógica consecuencia, yo también examinaba como profesora a todos/as mis alumnos/as con el ardor escrupuloso que mis profesores/as me inculcaban. La obra que me puso a reflexionar fue “Examen de los exámenes”, una selección de artículos publicados en el “World Year Book of Education” de 1969. Balbuceante aún la Pedagogía Critica, y en auge la introducción de los ”tests” en el quehacer escolar, estos artículos audaces, valientes y agudos resultaban irreverentes por sus dudas sobre la sacralidad de los exámenes. Me interesé por el tema; en esa etapa de mi vida yo era ¿lo soy todavía? bastante iconoclasta. Y como para conocer algo hay que indagar sus orígenes y darle seguimiento a su desarrollo, husmeé para encontrar las huellas, el “desde cuando”, “de donde” y “hacia donde” de los benditos exámenes. Estudiando la historia de la educación y de la pedagogía una se encuentra con esa génesis, lo recuerdo para empezar por el principio, como pedía el filósofo griego: fue en la China Imperial, para elegir a los ejecutivos del gobierno, que se estableció el primer examen. Inventadas antes de la Era Cristiana, esas pruebas, tenían algo positivo, perseguían que las posiciones de la burocracia se adjudicaran a personas de mérito y capacidad probados, o sea, intentaban desterrar el nepotismo ampliando la base social en la selección de los aspirantes. En el occidente, es en la Edad Media que aparecen indicios de evaluación académica estrictu sensu, a través de debates y controversias de los estudiantes. Mas tarde, con el Trivium y el Quadrivium, en la Universidad del siglo XII, (Bolonia, Paris, Oxford) hace su aparición algo parecido a los exámenes modernos, para la discriminación entre estudiantes. Brincamos cuatrocientos años: encontramos que en el siglo XVIII, la Universidad de Cambridge (la Inglesa) adoptó el “examen del trípode matemático”, ensayo de medición numérica que Sadler calificó como trascendental descubrimiento en la mecánica de la educación. En este “Trípode Matemático” se percibe ya el objetivo de estandarizar el rendimiento satisfactorio de los estudiantes, y de ahí surgen con el tiempo el famoso “Abitur” alemán, y el también famoso y codiciado “Baccalauriat” frances. Los jesuitas, en su afán por impartir educación de élites, se distinguieron en la promoción escolar por medio de la medición del rendimiento, y ejercicios formales de competencia. Este ultimo concepto ha permeado de una u otra manera todos los exámenes tanto escolares como de aptitud profesional. Y desde entonces, y hasta ahora, las críticas, dudas y sospechas, cuando no denuncias, han acompañado a este instrumento, que sin embargo siguió consolidándose hasta transformarse en una gran industria universal: los exámenes elaborados minuciosamente del Science and Art Departament de Inglaterra, así como de otras entidades similares lo demuestran. Al evolucionar -¿o involucionar?- hacia los test objetivos, cerrados, estandarizados, que llegan a la educación a través de la Psicología y de la selección de recursos humanos para el trabajo, los exámenes escolares enfatizan cada vez mas en comparar y en compartir, que fueron sus funciones primitivas, y no en compartir y expandir el derecho humano que es esencia de la educación. ¿Son buenos, o malos, los exámenes? Porque son acciones humanas, no puede apostarse a blanco o negro para defenderlas o condenarlas. ¿Cuál profesor/ a rechazaría de plano averiguar que es lo que saben sus estudiantes, y también, dentro del sentido integral de la función de enseñar, cual es la ayuda que debe proporcionarse a ese aprendizaje? Pero respetables opiniones transmiten escepticismo sobre si los exámenes son el instrumento adecuado para averiguarlo. Citemos. Judges: “las habilidades que prueba un examen estandarizado no van mas allá de una competencia para memorizar conocimientos proporcionados por otros”. Landsheere: “los exámenes se reducen en su mayoría a controlar retención de conocimientos, sin explorar los aspectos mas importantes de la inteligencia y la personalidad”. Aray: “los exámenes tradicionales constituyen anacronismos que deben revisarse”. Piaget: “exámenes: una auténtica plaga de la educación que vicia la relación maestro-alumno”. Bourdieu: “el examen es solo cuestión de selección y eliminación”. Finalmente, Foucault, un masazo político y sociológico contundente: “El examen es un espacio en que se invierten las relaciones de saber y de poder”. Esos cuestionamientos, y la conclusión surgida de su historia de que el examen no es un elemento inherente a la acción educativa, explican por qué tengo mas de 35 años rumiando los exámenes, sin deglutirlos. El atragantamiento está presente en mi rechazo, cada vez más racional y persistente, a las Pruebas Nacionales. En la entrega No.3, aunque quedarán muchos argumentos pendientes, me emplearé a fondo en nuevas estocadas a ese adefesio que no evalúa ni ha mejorado a los estudiantes, ni a los docentes, y menos a nuestro sistema educativo. Solo, cruelmente, costosamente, vigila y sanciona, gendarme al fin del Neoliberalismo fracasado, aún aferrado a su sadismo. |
| |