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Yvelisse Prats-Ramírez De Pérez - 7/25/2009
Me despertó el timbre, del teléfono. La voz de una de mis hijas, Consuelo, irrumpió por el aparato, a dúo con mi yerno, entonándome el clásico, ¡Feliz Cumpleaños! Este jueves 23 cumplí setenta y ocho años, y como de costumbre, la familia y los/las amigos/as me llaman desde tempranito para felicitarme: saben que celebro la fecha como una fiesta nacional, mas bien, como un gozoso milagro, y me acompañan en el ritual de alegría que empiezo desde muchos días antes, anunciándola a todo el que me cruza por delante, con ese desparpajo con que cuento mis cosas aunque a lo mejor al interlocutor no le importan un rábano.
Me levanté, y miré en el espejo. Unas cuántas arruguitas más alrededor de la boca, las ojeras violáceas pronunciadas porque me acosté tarde y dormí poco, y el cuello, implacable acusador exponente del paso de los años, cada vez mas deteriorado.
Pero antes de que la imagen llegara a deprimirme, me sonreí a mi misma en el espejo. Sonreírme es en mí un acto reflejo, si me miran o miro aflora como el babeo del perro de Pavlov, con todo y dientes al aire, mis ojos acompañan el gesto, y se iluminan. Así me ví, de frente, la mañana de mi cumpleaños.
Entonces, no fuí ya la señora que biológicamente califica para que la sitúen como la "viejita" desechable.
En el azogue asomó la muchachita que dentro de mí existe tercamente, la que perciben los que me rodean a través de mis entusiasmos a tope, mis apresuramientos casi infantiles, y mi voz que enronquece comunicando atropelladamente nuevos proyectos y planes.
La luz cómplice con la que mis ojos bailan al compás de la sonrisa instantánea se expande. Toca mi cuerpo que se yergue, mis piernas que se elastizan dispuestas a caminar hasta las nuevas metas que invento cada instante, los brazos que se estiran en dirección a otros en busca del abrazo.
Al alejarse del espejo, al bajar la escalera para sentarse en el pequeño balconcito callado a orar y meditar, la cumpleañera Yvelisse sintió este jueves que la luz producida en el contacto de su sonrisa con sus ojos, se mantiene encendida, (gracias a Dios, porque la energía eléctrica ha colapsado en el barrio), y se reflejaba amablemente en cada rincón de la casa.
Vi todo renovado, los viejos muebles desteñidos recuperaban a mi vista colores que hacían juego con la alegría.
El olor del café recién colado aromó la fiesta de la vida. La juventud que recuperé mirando en el espejo mi sonrisa se dispuso a apagar 15 o 20 velitas, en vez de las setenta y ocho que un almanaque fabulador me atribuye, llevándose de una lógica temporal mecánica.
Luego, empecé a leer la Biblia. Lucas me trajo Su Palabra, y mi luz se explicó y asumió la dimensión que le correspondía.
"Tu ojo es la lámpara de tu cuerpo.
Si tu ojo recibe la luz, toda tu persona tendrá luz; pero si tu ojo está oscurecido, toda tu persona estará en la oscuridad.
Si toda tu persona se abre a la luz, y no queda en ella ninguna parte oscura, llegará ser radiante como bajo los destellos de la lámpara".
¡Tonta de mí, que en mi vanidad humana creo construir con mi sonrisa como herramienta esta Luz que acumula Vida, Amor y Esperanza sobre cada uno de mis días, y hace que en mis cumpleaños me sienta más joven y hasta más hermosa! No soy yo la arquitecta de mi alegría.
No es mi voluntad, sino Su levadura la que fermenta la masa de mis años y la convierte en pan de perenne entusiasmo.
Es Jesús quien me dice que no mire hacia atrás, que no busque entre los muertos al que vive, que resucite cada mañana con El, por El y para El y los humildes que El ama y a quiénes debo servir con humildad en Su Nombre.
Porque lo reencontré hace ya nueve años, es que siento el mismo gozo que experimentaron Sus discípulos cuando los bendijo al aparecérseles después de resucitado.
Y porque es El quien transforma mi imagen a través del espejo para que refleje Su Luz que es Fuerza y Júbilo, aun mas, promesa de vida eterna, reconozco con Juan que todo lo dado proviene de El, y le doy gracias, de rodillas en espíritu.
Porque como canta un nietecito querido "El es la Vid, y yo soy el pámpano" me dieron ganas de gritar por la tarde, mientras los familiares acompasaban la partida del bizcocho con la cancioncita tradicional, un ¡Feliz Cumpleaños, Jesús! El está en mí, en el espejo, y en la sonrisa y, en la Luz.
Como con la hija de Jairo, muchas más veces en mí, Jesús obra el milagro de volverme a la vida, en cada cumpleaños.