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Yvelisse Prats-Ramírez De Pérez -
Han sido sembrados y abonados con astucia, conocimiento del terreno, planificación certera e inteligencia. Crecieron rápidamente porque los cultivadores de otras parcelas, bobos que son, dejaron abandonados sus propios sembradíos para acudir presurosos a ayudar a quien los invitó convidándolos a degustar unos frutos que ni siquiera apuntan en la arboleda. Mientras los árboles van subiendo, su follaje y su sombra cubren la visión del bosque universal que rodea la parcela, los convocados al festín a futuro se regodean en su miopía creyéndose cada uno que es vencedor y no vencido; otros/as se dejan también cegar por la cortina verde y glamorosa que tapa el amenazante bosque que habrá de atravesarse, tarde o temprano, con más dificultad mientras más los árboles crezcan. Supongo que a estas alturas mi modesto intento de parábola ha sido ya interpretado por los/las amigos/as que me leen: los árboles son los recientes, hábiles movimientos del Presidente Fernández, planteando ñ y plantando ñ temas puntuales de atención con sus “pactos” y “acuerdos”. Los ingenuos vecinos que acuden al convite interesado, son los dirigentes del PRSC y el PRD y los representantes de la sociedad civil organizada, que hacen quórum en cumbres y encuentros, y desvían la voluntad partidaria y ciudadana de los exigentes disensos frente a este mal gobierno; los frutos que se prometen en un porvenir signado por incógnitas duras, son los cargos congresionales y municipales del 2010, hasta, quizás, un mango adelantado, madurado al carbono, de algún cargo oficial en esta misma gestión de gobierno, y los compromisos que se asumen sin la menor intención de cumplirlos, como los $4 mil millones que se ofrecieron y ahí quedaron, al sector Educación. El bosque, claro es, representa el aquí y el ahora dominicano y mundial, y en sus densidades oscuras, los desafíos de alcanzar el espacio seguro de un futuro que no podemos ni siquiera soñar sino lo construimos visualizando el bosque, para conocerlo y penetrarlo, sin detenernos en los mentirosos árboles que nos han desviado la mirada y el aliento. El propio Presidente de la República, esta misma semana, reconoció que “los diálogos y la concertación le habían permitido enfrentar la crisis más severa en todo su ejercicio como Jefe de Estado, que pudiera haber culminado en una crisis de gobernabilidad”. Mencionó la Cumbre, precisamente, como ápice de ese salvador diálogo. Los árboles, pues, plantados por el astuto mandatario complacientemente acompañado por políticos y ciudadanos distinguidos, cumplieron su cometido; crecieron hasta tapar el sol con sus ramas, y hablando y hablando, la hojarasca permitió un sombreado de tregua para olvidar la crisis, sin enfrentarla ni resolverla en lo más mínimo. Solo eludirla, encubriéndola. El ciudadano presidente es un intelectual de fuste, su desempeño en el manejo de la palabra es incuestionable. Como político, como lingüista, debe saber que el diálogo, en política, no puede ser aquiescencia unánime, tolerancia que deviene en indiferencia culpable. En política los consensos de los que tanto se habla tienen que ser siempre precedidos de los disensos críticos, la aceptación fundamental de la disensión es el punto de partida indispensable para el diálogo. Rosa de Luxemburgo explica claramente que en una sociedad dialógica, la disensión es el requisito productivo y constitutivo de la propia coexistencia democrática. Como en “la siembra de árboles” de la Cumbre y de los acuerdos y pactos no hubo disensos, sino complacientes colaboraciones de los “vecinos” embullados por el “Convite” presidencial, la crisis sigue igual, el bosque impenetrado, sin cartografías ni brújulas creíbles para orientar en sus amenazantes rutas al pueblo dominicano. Lo que hubo, sí, fueron árboles, muchos árboles. Los medios de comunicación nos trajeron sus imágenes, creciendo en un clima artificioso de buenos augurios, entre sonrisas y brindis a los convidados. ¡Ay! Ojalá que seamos capaces, políticos y ciudadanos, de hacernos la autocrítica, de percibir lo que fueron parodias de consensos, y admitir que los árboles de acuerdos que el presidente sembró ”dialogando”, en la Cumbre y los pactos, en los que participaron tantos buenos vecinos, no hacen otra cosa que distraernos del compromiso solemne de un disenso crítico, creador, para explorar caminos distintos, con mapas nuevos, e internarnos en el bosque, que esta ahí, detrás de los árboles que no han dado frutos. ¿Por qué? Es que los árboles eran de cartón, parte del decorado de una bien montada obra de teatro.